Los grandes museos de Londres sacan del gueto a la fotografía


La National Gallery, la Tate Modern, el Victoria & Albert y el Museo de las Guerras Imperiales le dedican importantes exposiciones

De visita en París el año pasado, los comisarios de la exposición«Seducidos por el arte: pasado y presente de la fotografía»quedaron fascinados con el trabajo del fotógrafo francés Luc Delahaye en Haití. Sus retratos de saqueos en la isla caribeña y en Irak le valieron el mes pasado el prestigioso premio Pictet de fotografía y sostenibilidad.
Delahaye, nacido en 1962, trabajó en«Newsweek» y alcanzó todos los altares del fotoperiodismo, incluidos tres premiosWorld Press Photo. Pero en 2004 decidió abandonar la agencia Magnum para pasarse a la fotografía artística. Desde entonces, su obra ha crecido en escala, detalle, distanciamiento y, sobre todo, coste en el mercado. «Tiene una habilidad única para articular lo visual y las distintas partes del cerebro implicadas en el acto de mirar», nos explica Hope Kingsley, una de las responsables de la primera exposición sobre fotografía organizada por la National Gallery de Londres.
Esa transición del periodismo al arte mediante la fotografía le concedían sobrados méritos para que una inmensa obra suya de dos metros sobre la guerra en Afganistán presida la sala central del ala Sainsbury de la imponente pinacoteca que domina Trafalgar Square. «Queríamos enseñarla tal y cómo habría sido expuesta en el siglo XVIII, bajo esos techos altísimos», aclara Chris Riopelle, conservador de obras posteriores a 1800 de la National Gallery y corresponsable junto a Kingsley -conservadora de colecciones en el Wilson Centre for Photography de Londres- de la muestra.

Imágenes bélicas

«Bombardeos estadounidenses sobre posiciones talibanes» (2001) es una sobrecogedora fotografía bélica sin armas ni soldados. Una dispersa nube de humo se eleva sobre un campo vacío. No hay talibanes ni «marines». Solo una evocación a gran escala del vacío en el teatro de operaciones moderno.
La foto de Delahaye comparte espacio con la recreación de la «Batalla de Jemappes» -que enfrentó a austriacos y franceses en 1792 cerca de Mons, Bélgica, en las guerras revolucionarias francesas- del pintor Émile Jean-Horace Vernet (1789-1863). Un cuadro en el que carros, soldados, humo de pólvora y nubes se mezclan en la línea del horizonte. Junto a estas dos obras, figura el vínculo que -según la tesis de la exposición- las une: las fotografías de la guerra de Crimea de Roger Fenton (1819-1869), un pionero de la fotografía británica considerado como uno de los primeros fotógrafos de guerra.
La exposición «Seducidos por el arte» pretende, a través de 90 fotografías y su diálogo con la pintura antigua, «asumir una mirada provocadora sobre el uso que los fotógrafos hacen de las Bellas Artes, incluidas las obras de los grandes maestros, con el fin de explorar y justificar las posibilidades de su propio arte», según los organizadores. Una aspiración académicamente sugerente que peca en su ejecución de «timidez curatorial», en palabras de la crítica del «Financial Times» Jackie Wullschlager, y de una cierta parcialidad incongruente.

Pintura/Fotografía

¿Están hermanados en cuerpo y en espíritu «My bed, hotel La Louisiane, Paris» (1996), el bodegón de sábanas de habitación de hotel de la fotógrafa Nan Golding, con el «Bodegón con limones y naranjas» del malogrado pintor español Luis Meléndez (1716-1780)? Sin duda. Y las naturalezas muertas pintadas por el propio Fenton que las acompañan sirven de nuevo como cordón umbilical entre pintura y fotografía. Pero la evidente deuda con «La cena de Emaus» de Caravaggio (1571-1610) es reseñada solo mediante una diminuta fotografía de la obra del maestro barroco, cuya presencia en las mismas paredes habría completado contundentemente la de la exposición.
«Buscábamos similitudes oblicuas, queríamos hacer trabajar al visitante en las conexiones», justifica Chris Riopelle, canadiense afincado en Londres, en un almuerzo en el restaurante del museo. Así, la fotografía «Habitación destrozada» de Jeff Wall, el acuñador de la idea del«gueto fotográfico», dialoga con fluidez con el frenesí destructivo de Eugène Delacroix (1798-1863) en «La muerte de Sardanapalus», que inspira a su vez el «Estudio de dibujo» de la británica Sarah Jones.
Estructurada por géneros, la sala dedicada a las raíces pictóricas del retrato fotográfico vincula una imagen velazqueña de un joven en la calle Serrano de Madrid capturada por el fotógrafo británico Craigie Horsfield con un retrato barroco de Anthony van Dyck(1599-1641), y ambas con las delicadas instantáneas de Julie Margaret Cameron (1815-1879).

Ausencias destacadas

Los retratos artísticos y el academicismo alegórico de esta pionera de la fotografía inglesa figura, sin duda, entre los tesoros (junto a la sutileza habitual de Tacita Dean en su evocación del viaje a Italia de Goethe) de una muestra que atrae por igual a amantes de la fotografía y al público más joven que descubrió la National Gallery con una reciente muestra multidisciplinar sobre la«Metamorfosis» de Ovidio.
Aún aceptando el humilde -y, sin duda, gratificante- «botón de muestra» al que, dicen, debía limitarse la National Gallery, la ambiciosa promesa «curatorial» de la muestra agudiza la ausencia de obras de fotógrafos vinculados a la pintura comoRobert Mapplethorpe, Candida Höfero los «superventas» Andreas Gursky y Cindy Sherman, así como de pintores deudores de la fotografía como David Hockney o Gerhard Richter. Dos territorios entre los que ha navegado siempre el fotógrafo neoyorquino William Klein, nacido en 1928 y formado como pintor por Fernand Léger.

Klein y Moriyama en la Tate Modern

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TATE MODERN
«Piazza di Spagna, Rome» (1960), de William Klein
La Tate Modern ha querido mostrar, mediante la yuxtaposición de dos ampliasretrospectivas de Klein y de su coetáneo japonés, Daido Moriyama (Osaka, 1938), los contornos difusos de una fotografía contemporánea resistente a quedar petrificada en su propio gueto. La incesante creatividad técnica y estética de Klein deja un poderoso y luminoso retrato del paisaje urbano neoyorquino. Y su recurso a la tipografía, sus cuadros constructivistas y sus experimentos pintando sobre sus propios negativos dan fe del fecundo territorio estético en el que se cruzan los distintos medios artísticos.
«Vi la posibilidad de inventar un nuevo objeto artístico casando orgánica, y no arbitrariamente, pintura y fotografía», explica Klein. La mirada granular, oscura y onírica de Moriyama sobre Tokio, deudora de la obra teórica del estadounidense -y su instalación a base de «polaroids»- revela la profundidad que puede alcanzar el lenguaje visual.

Oriente Medio y Cecil Beaton

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VICTORIA & ALBERT
Fotografía de la serie «Qajar» (1998), de Shadi Ghadirian
El «invierno fotográfico» que se ha apoderado de los grandes museos de la capital británica puede completarse con «Luz de Oriente Medio», la primera gran exposición de fotografía contemporánea organizada por el museo Victoria & Albert. La muestra incluye casi un centenar de fotografías de artistas de trece países de la región. El Museo de las Guerras Imperiales ha ofrecido, en su sede londinense, una retrospectiva de la fotografía de guerra de Cecil Beaton (1904-1980), una de las facetas menos conocidas de uno de grandes de la fotografía británica, conocido por sus retratos de una joven Isabel II.


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