HISTORIA, ANÉCDOTAS Y LEYENDAS DE GUADALAJARA

“CAMPOSANTOS”, PANTEONES Y CEMENTERIOS.

            Estimados Lectores de este espacio de este visitado; deseo ofrecer una pública disculpa a todos ustedes dado que, por razones de trabajo y actividades concernientes a la locución y trasmisión en vivo de nuestro Deporte Nacional La Charrería, han sido los motivos por los cuales nos hemos retrasado en la entrega de participaciones escritas respecto de lo que es parte de la Historia, Crónicas y Leyendas de nuestra ciudad Capital Guadalajara. Así pues, retomamos el paso y el día de hoy les tengo preparado un comentario de lo que han sido parte de la historia y leyenda de los Panteones de nuestra ciudad.

            Para iniciar con este tema deseo hacer una pequeña acotación en relación a los conceptos CAMPOSANTO, PANTEON Y CEMENTERIO, los tres sinónimos entre sí y que significan, lugar ó espacio de terreno en donde se sepultan los cadáveres, sin embargo el primero de estos, el CAMPOSANTO, como todavía en la actualidad se le denomina en muchos lugares de las Provincias Mexicanas, obedece a que, desde la llegada de los Españoles a tierras de conquista, los Frailes Franciscanos que les acompañaban dieron continuidad a las costumbres del Viejo Mundo, es decir, sepultar a sus difuntos en áreas contiguas a Templos, Conventos y Monasterios, de ahí entonces que se les denomine “campo-santos”, lugares sacros, en donde reposan los restos de los mortales.

            Ahora bien, luego de fundada la ciudad de Guadalajara, dentro de la Provincia de la Nueva Galicia en el año de 1542, la historia no cuenta que, el primer camposanto en nuestra ciudad se localizaba en los terrenos que hoy ocupa el Palacio de Justicia y que en aquel tiempo formaran parte de lo que fue el Primer Templo de esta ciudad consagrado al Arcángel San Miguel, hoy conocido como el Templo de Santa Maria de Gracia y enfrente precisamente de lo que es el Teatro Degollado. También hay que tomar en cuenta que los indígenas tenían los suyos propios, muchos antes de la llegada de los españoles. Es así que, con el advenimiento del cristianismo, los panteones nacieron a las afueras y dentro de los mismos templos, conventos y monasterios.

            Como decía anteriormente, en ese tiempo se tenía la costumbre de enterrar a los muertos en un lugar "sagrado" para tenerlos cerca del Creador; como eran entonces los atrios y el interior de las iglesias. Todas las parroquias tenían sus respectivos "cementerios", pero la gran mayoría de tapatíos de la época tenían una marcada predilección por la Iglesia y Convento de San Francisco; como también por el "Cementerio de la Catedral", que se ubicaba en lo que actualmente es el Templo del Sagrario, a un costado de la actual Catedral, de igual manera lo fue el "Cementerio de Guadalupe", situado al lado poniente del Santuario de la Virgen de Guadalupe. Este último fue construido ante la imposibilidad de seguir dando albergue a las sepulturas en su interior, ya que estaba completamente lleno con 164 sepulcros para adultos construidos bajo sus lozas, sin contar un gran número de éstos dedicados a los niños.

Catedral de Guadalajara, México

            Al paso del tiempo las Autoridades Eclesiásticas, quienes tenían bajo su Jurisdicción los tramites de inhumaciones, consideraron que sepultar los cadáveres en el interior de las Iglesias podía considerarse como “indecente a la grandeza del Ser Supremo”, como también un poderoso foco de infección ante la descomposición de los cadáveres, dispusieron entonces que dichos Panteones se situaran a las afueras de la ciudad, todo ello durante el mandato eclesiástico de aquello grandes benefactores de esta urbe; Fray Antonio Alcalde y Juan Ruiz de Cabañas y Crespo, dejando de esta manera la Administración de esto lugares a la Junta Auxiliar de Gobierno, integrada por “civiles de reconocida solvencia moral y religiosa”.

            Consumada la Independencia, Guadalajara vio nacer el Primer Panteón “oficial”, mismo que se denominó Panteón de Los Ángeles, edificado bajo la supervisión de los religiosos del convento de San Francisco. Este panteón estaba ubicado en el predio donde hoy se encuentra la Antigua Central Camionera y fue puesto al servicio público el 2 de Noviembre de 1829.

            Otro panteón de menos dimensiones fue construido en donde actualmente están las calles de Escobedo y Epigmenio González; este panteón se llamaba de Guadalupe –no confundir con el Camposanto del Santuario de Guadalupe- y tenía su entrada principal sobre la calle Escobedo antes llamada "calle del Cementerio".


Panteón de Belén
            Luego, en la primera mitad del siglo XIX aparece otro panteón en los terrenos donde hoy se localiza el Mercado Corona en el centro mismo de la ciudad, posteriormente en el año de 1830 se construyó el Panteón de Mexicaltzingo (Colonia indígena del mismo nombre) o de Agua Escondida (el primero hecho por particulares y también ya desaparecido), hoy convertido en el barrio de San Antonio. Para el año 1848 abre sus puertas el panteón de Belén o Santa Paula, de una belleza arquitectónica sin igual, donde es muy común que los novios en la víspera de su matrimonio acudan a este lugar para imprimir sus placas fotográficas y que fue clausurado en el año de 1896.

Antigua entrada de Panteón de Mezquitán
El 2 de noviembre de 1896 es puesto en servicio el Panteón Mezquitán, también dentro de lo que fue otra Colonia Indígena del mismo nombre; y sobre esta apertura cuenta la Leyenda que sus dueños y constructores ofrecieron que; “La primer persona que muriera en ese tiempo y fuera llevada a dicho Panteón le sería regalado, no solo los gastos funerarios, sino que también se le regalaría el terreno para el sepulcro”. Fue así que llegado el 2 de Noviembre de 1896 murieron dos personas, prácticamente al mismo tiempo y fue tanto el interés por aquella oferta, que los deudos ni tardos ni perezosos partieron de inmediato a sepultar a su difunto, “incluso sin velar el cadáver”. Por aquellos tiempos, obvio que la calles citadinas en su mayoría eran empedradas y las carrozas fúnebres eran tiradas por briosos corceles, fue entonces que inició una gran carrera con el par de carrozas para ser el primero en llegar a dicho panteón, “a grado tal que en su alocada carrera,” -continua diciendo la leyenda- “no en pocas ocasiones y ante el bamboleo producido por la velocidad y el agreste camino, rodaban los féretros de un lado para el otro, incluso en varias ocasiones hasta el empedrado rodaron, cadáveres y mortajas”. Es por ello que a la entrada de este Panteón de Mezquitán se localiza un mural muy amplio representando esta chusca leyenda. Hasta aquí mi comentario de hoy.

LIC. LUIS FERNANDO JIMENEZ RIOS.
fernandojr@prodigy.net.mx